Los juegos, que mostraron al mundo cómo era la nueva España democrática e instalaron a los deportistas locales en la elite mundial, también dejaron un legado de infraestructura y brillo que la añosa Ciudad Condal nunca imaginó. Una de esas dotes es la zona costera, que va del mirador de Colón, en la punta de la Rambla, hacia el norte.
Allí están el Maremagnum, que ostenta el mayor acuario de especies mediterráneas del mundo, y unas playas que de tan postizas sufren por el azote del mal tiempo: en invierno, si hay tormenta y el mar quieto pierde su habitual compostura, el agua se lleva las gruesas arenas doradas. El Ayuntamiento tiene que ir y reponerlas, acarreando toneladas de material en camiones.
Con ese acento catalán que machaca las eles al hablar el castellano, Gema, una barcelonesa de aquellas que adoran el lugar donde viven, cuenta con voz ronca que allá por los 60, cuando su marido todavía era un niño, él y sus amigos bajaban desde los cerros a caballo para llegar al mar, a la Barceloneta, entonces lugar de pescadores y marineros. Hoy, añejas fotos colgadas en paredes de los chiringuitos que pueblan los callejones atrapados entre la avenida Juan de Borbón y el paseo marítimo dan cuenta de lo miserable que era ese arrabal. Son imágenes con barniz de pasado para turistas y naturales. La prueba de que Barcelona alguna vez fue pobre y un poco triste.
En pleno siglo XXI, marcando un adorable contraste con la modernidad del transbordador aéreo que sale y llega desde la playa de San Sebastián o del hotel W que asemeja a una vela y abrirá en octubre, aún puede verse por esa zona de trazado ortogonal y prieto a unas orondas señoras sacando la radio y la silla a la calle para pasar la tarde al aire libre. Sus ropas tendidas a secar afuera de los edificios bajos parecen hablar más de la Ventimiglia de la Liguria italiana, que de la gran urbe catalana 2009, oficialmente nudista y abiertamente gay, cuyo primer saludo al visitante es como un disparo de gentío babélico: todas las edades, todos los credos, todas las razas circulando en el metro, las plazas y las bicis, que son el sello más in, el de los saludables y los ecologistas.
En el encantador mundillo de la Barceloneta todavía puede uno comer como los dioses al lado de un grupo de turistas orientales: pescaíto y chipirones fritos fresquísimos junto a un delicioso blanco helado, todo por 25 euros para tres personas. Milagro a cargo del bar La Playa. La gracia —o la desgracia, según se mire— es que a pasos de ahí, en el puerto olímpico, justo al lado del lujoso hotel Arts, se puede tener el tino de chocar con Penélope Cruz en el restaurante Bestial.
Ese boliche, todo glamour y estilo, también ofrece menú mediterráneo, aunque de otro tipo: carpaccios, pasta y risottos. Es, dicen los conocedores, uno de los locales chic de la temporada. Queda en una zona llena de terrazas con DJ y tumbonas blancas desde las que contemplar embobadamente a las go-go dancers, oír música electrónica y pasar el rato hasta altas horas de la madrugada. Porque si hay algo que Barcelona tiene, además de trocitos de nostalgia y cierta intención cosmopolita, es carrete: lugares en el Raval, el Borne, el Eixample o la playa. Ruido, gente, alcohol, música y fiesta.
No es casual que —como cuenta con cierto desdén una madrileña que lleva ya tres años viviendo en la ciudad— haya una pequeña moda entre colegiales ingleses: para celebrar su cierre de ciclo fletan un avión chárter con destino final aeropuerto de El Prat. La recién ampliada terminal aérea barcelonesa los recibe para abrir las puertas a un fin de semana de parranda: dos días después los despedirá en calidad de bulto, tras 48 horas de juerga formidable.
Tampoco es desdeñable la queja de un chileno que llegó a vivir hace seis años a España: su casa queda en el barrio gótico, está obligado a dormir con tapones y ha visto crecer en los últimos años el turismo joven. No quiere parecer prejuicioso, pero su impresión es que la calidad de los visitantes ha bajado: mientras menor es su presupuesto mayor es su gana juerguista.
Según él, las calles amanecen llenas de botellas vacías y las esquinas sufren el sistemático acoso de recuerdos nocturnos. También se nota, añade, cómo las tiendas de souvenirs que quedan en la Rambla están cada vez más dominadas por los inmigrantes pakistaníes. Y que los jóvenes marroquíes que llegan al centro de acogida de la calle de Rull, en una vieja finca que pertenece a una congregación de monjas, parecen vivir con los ojos y el corazón más puestos en su país natal que en la ciudad que hoy los acoge. “Sencillamente no se integran”, afirma.
Bien lejos de desventuras jaraneras o de los problemas migratorios que aquejan a todas las urbes del Primer Mundo, vista a través de ojos locales, Barcelona puede ser fascinante. Sentadas en una terraza de la Plaza Real, a la que van jamás porque se llena de turistas demasiado parlanchines, un grupo de catalanas cuenta sobre lo vieja que es: su fundación data de fines del siglo I AC y su primer señor conde, a quien se debe el apelativo de Ciudad Condal, fue nombrado el año 801. Y sobre sus barrios: Sarriá, por ejemplo, en la zona alta, antes era otro pueblo. Y sobre el pasado reciente: demoró mucho en modernizarse, porque las antiguas murallas, que detenían el desarrollo, fueron tiradas recién en 1854.
Fue entonces que un urbanista llamado Ildefons Cerdá creó el Eixample o Ensanche, que une la ciudad vieja con otras villas independientes que hoy son barrios, como Gracia, donde no hay turistas y sí buen vivir, muchos bares y un cine llamado Verdi que se dedica a la películas de calidad. El diseño del Ensanche se parece al de las ciudades españolas de América: está hecho por manzanas. En ellas se desperdigan la Sagrada Familia, las casas de Gaudí, la tienda de diseño Vinçon y la controvertida torre Agbar, un rascacielos con evidente sentido fálico, cortesía del afamado Jean Nouvel.
Mientras tuvo murallas, el barrio gótico barcelonés, ese centro neurálgico del turismo contemporáneo, era un hervidero de enfermedades, insurrecciones, matanzas y hacinamiento: hacer mejoras en su laberinto de calles estrechas, en las que el olor a moho parece impregnado como la peste, era imposible. Gracias a eso hoy queda para el disfrute nuestro un casco antiguo excelentemente conservado.
En él aún pueden verse restos de arquitectónicos de la época romana; la plaza de Sant Jaume, que toda la vida ha sido el centro político de la ciudad, y Santa María del Mar que, afirman los expertos, no hay que perderse por nada del mundo. En Barcelona hay Catedral sí, pero ese otro es el templo verdadero, el más querido, el que vale, una pieza gótica que construyeron piedra a piedra, entre 1329 y 1383, los trabajadores de los muelles.
Para visitarlo, ver sus capillas y encender por un euro una vela roja en devoción a un santo o a la virgen hay que caminar desde la Rambla con rumbo hacia el Borne. Como la ciudad vieja es más bien chica, el recorrido será corto y el destino, un placer: la zona está llena de cafeterías, tiendas de diseño, pequeñas boutiques y puntos de encuentro cultural. Autumn Zimmerman, una norteamericana que acaba de abrir allí su mini galería de arte, Art Nights BCN, dice: “el Borne está de moda. Hace tres años no había nada de esto”.
Se refiere, por ejemplo, La Paradeta, un restaurante imperdible: es una pescadería en la que el cliente antes de sentarse a la mesa elige su pieza, que es pesada y cocinada ahí mismo. Todo está fresco y a buen precio, y se nota: para entrar hay que hacer cola. Su dueña recomienda jugársela por el domingo a mediodía, porque hay menos tumulto: los barceloneses, dice, no son buenos para madrugar en fin de semana.
Es sábado por la noche en agosto, y un pequeño grupo de chilenos celebra un cumpleaños. Hablando de la vida que llevan como inmigrantes en la capital catalana o sus alrededores, coinciden: Barcelona “es peligrosa”. Ofrece tal calidad de vida con sus distancias caminables, sus hordas de motoristas apurados y su buen clima, que no cuesta nada quedarse y acomodarse, tomar el ritmo de una ciudad que aun no pierde del todo ciertas reminiscencias pueblerinas.
Mirándolos es fácil comprenderlos: conversan en una azotea iluminada con velas. Poco después, cuando se ponen a bailar, la luna llena se dibuja brillante detrás de nubes que galopan; a lo lejos se oyen truenos, descorches de champaña y el rumor de mucha gente. Haciendo un rodeo con la vista, un trozo de ciudad al descubierto: está llena de terrazas y esa noche parece que todos han decidido subir a celebrar el verano en los tejados. Cada grupo de personas es como una luciérnaga en medio de la oscuridad. Parece un sueño, pero no lo es: existe. Está a 621 kilómetros de Madrid, tiene 1,6 millones de habitantes, conexión con el tren de alta velocidad, el puerto más grande de España, a la virgen de la Merced como patrona y hace 18 años descubrió que tiene mar. Se llama Barcelona.
