Escuché por primera y única vez en vivo a Whitney Houston en Madrid, el año 1993. Entonces ella era, como muy bien dijo en “El País” Nacho Sáenz de Tejada, el mejor crítico de música pop que he conocido, la voz que reina.
Como una diosa morena y pálida, de dedos demasiado largos y cuerpo extremadamente estrecho, Whitney se echó esa noche al bolsillo, con sus éxitos ligeros y bailables, a todo el público del desaparecido Palacio de los Deportes. Yo, que siempre la adoré a pesar de esas canciones suyas, noté que no bailaba bien y que no sabía moverse sobre el escenario. Pero me fui de rodillas, boca abierta y corazón inflamado, en el mismo momento en que abrió una puerta hacia el interior de sí misma para alabar a su Señor: ahí estaba ella, la cantante de las cuatro octavas, una de las herederas más brillantes de la larga tradición de intérpretes negras norteamericanas, bordando el gospel. Eso sí que era un regalo del cielo.
Aquello fue mágico, y salí de ese concierto, celebrado en las postrimerías del verano, flotando. Íbamos, mi espíritu y yo, varios centímetros sobre el asfalto de la calle de Alcalá.
Ahora, 16 años después, cuando tiene 46 y puede dar testimonio de su paso temporal por el infierno, Whitney está de vuelta. Ya no reina, canta con octavas de menos y en su caso si hay algo demás no suma, sólo resta. Hace pocas horas se presentó en el Central Park de Nueva York arropada por el programa “Good morning América”, para presentar el primer single de su nuevo disco. “Million dolar bill” y “I look to you” son sus nombres respectivos. La vieron en vivo 5.000 fans. Internet dice que era su primera aparición pública para cantar en seis años, y que su voz falló. Ella debió pedir disculpas.
Al enterarme del traspié recordé una pregunta hecha por alguien en agosto, cuando la web filtró ese primer corte nuevo y medio mundo quedó impactado por la pérdida de brillo, por el enorme cambio de color, por el notorio y nefasto efecto de las drogas, la pena y el mal vivir en su voz: ¿para qué volver, Whitney?
Ahora, después de haber oído el disco y sabiendo que —quizá por los nervios, quizá porque de verdad su garganta es un destrozo— ha trastabillado a la primera, reafirmo mi respuesta: ¿y por qué no? Por qué no, si todo el mundo tiene derecho. A una oportunidad, a parar la olla, a levantarse del suelo, a creer en algo, a recuperar la dignidad.
No sé qué habría sido de ella porque se murió, en el más negro de los fangos y a los 44 años, dos antes de los que hoy tiene Whitney. Pero creo bien probable que Billie Holiday hubiese buscado también su oportunidad. Como la buscaba Michael Jackson hace unos meses. Y como la buscan todas y cada una de las estrellas, caídas o no, de la cultura pop: una y otra vez salen a la caza de la redención.
En el caso de las que tienen talento en el fondo del ADN —como Whitney, Billie o Michael— esa búsqueda, si es que tienen la ocasión de iniciarla antes de morir sin intentarlo, parece tener que partir desde cavernas abisales. Es como si en sus casos el genio fuese un monstruo: se los come. Les provoca sufrimiento. Hace que se codeen con las drogas, las sombras y el submundo. Los convierte en seres deleznables y patéticos, pero no por eso sin el derecho de intentarlo.
Es lo que está haciendo Whitney: buscar la redención, recuperar tiempo perdido. Trae un disco corto y muy bien producido bajo el brazo: está hecho a su medida. Ofrece un pop muy digno y sobrio, lleno de guiños al modo actual de hacer música mainstream, con un equilibrio en la selección de canciones. Todas son almibaradas, como a ella le gusta, pero sirven. En el conjunto se oyen buenos coros y su voz, que ciertamente no es la misma.
No tengo certeza —y menos con el dato del chascarrillo en el Central Park— de si es una grabación de ésas capaces de taparlo todo y hacer buen intérprete incluso a Enrique Iglesias. Pero si lo que en esas 11 canciones se adivina es cierto, si en efecto la garganta está cascada pero no completamente corrupta, si en sus 40 y varios años ha logrado al fin domeñar al engendro que lleva dentro, Whitney está de nuevo en el buen camino: podrá salir adelante, porque sabe cómo hacerlo y aún tiene los recursos artísticos para hacerlo. Sin ser el prodigio que era, todavía suena como una de las grandes, y a cambio tiene a su favor los años de circo, aquello que llaman madurez.
Como premio por su noble y merecido intento, la dignidad está ahí, esperándola con los brazos abiertos. Y aquellos que hemos gozado de buenos momentos por cuenta de su prodigioso talento, también.
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