El género epistolar, que puede llegar a ser tan apasionante como aburrido según sea el autor de las misivas en cuestión, vive una pequeña moda en este país. Se lo debemos a Lucía de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, conocida por su harto más sencillo seudónimo: Gabriela Mistral. La recopilación "Niña errante. Cartas a Doris Dana" (Lumen) está en el segundo lugar de lo más vendido de la semana pasada, detrás -curiosamente- de una encíclica de Joseph Ratzinger, el Papa.
Benditas cartas. Muy benditas, diría yo. Por ellas supimos, gracias a un libro que al parecer ya está descatalogado (Seix Barral), de la pasión senil que Henry Miller sentía por Brenda Venus. El "viejo Henry", siempre tan calentón, pasó sus últimos años venerando las curvas (bueno... en fotos se la ve bastante delgada) turgentes de Brenda, por entonces una jovencilla. Oriunda de Biloxi (Mississippi), Brenda era actriz, bailarina y productora entre otros oficios artísticos. Se convirtió en su musa, y él no escatimó en elogios hacia ella, ni se cortó en ofrecer imágenes subidas de tono, aunque al parecer jamás se acostaron:
“Te llamé anoche hacia las diez y media pero no contestaste ¿Estabas fuera o en la cama con otro amante? ¿Has contestado alguna vez mientras estabas haciendo el amor o te has puesto el teléfono entre las piernas? (…) Recibir una montaña de cartas de una belleza como tú me pone un poco caliente (…) Lo importante no es cuándo empiezas a joder sino cómo lo haces. Con el corazón y el alma o sólo con el coño (…) Dios, si pareces violable. Perdona que te lo diga así pero no puedo evitarlo. Parece como si estuvieses lista para ser forzada (…) me siento culpable por hacerte insinuaciones”.
Leí esa compilación de Seix Barral hace años, y la verdad es que en muchos de sus pasajes me aburrí. Pero no podría decir que me parece el colmo que la hayan editado. Tampoco diría que es un atropello a la intimidad de Miller que yo tenga acceso a su devaneos amorosos de octogenario. Estoy convencida de que los escritores escriben todo lo que escriben para que sea leído por su público, incluso aquello que parece tan íntimo como sus cartas. Por lo mismo he devorado las epístolas entre Vita Sackville-West y Virginia Woolf, y los ácidos comentarios de la segunda sobre la primera en libros y recopilaciones. Vita dice:
"Estoy reducida a un objeto que quiere a Virginia. Te escribí una carta hermosa en las horas de insomnia de pesadilla de la noche, y todo se ha ido: te extraño, en una manera humana, desesperada y bastante sencilla. Tú, con todas tus cartas sin boberías, nunca escribirías una frase tan elemental como esa; quizás ni siquiera lo sientes. Y aún más, creo que sientes un pequeño hueco. Pero lo vestirías en tan exquisita forma la frase que perdería un poco de su realidad. Mientras que conmigo es bastante absoluto: yo te extraño aún más de lo que podría haber creído; y estaba preparada para extrañarte mucho. Así que esta carta es apenas una protesta de dolor realmente".
Benditas cartas, pues, que nos traen en "Niña errante" a una Gabriela desconocida hasta ahora. Está enamorada, desesperada, torturada, carente, suplicante, casi enferma de amor, y la joven Doris Dana es su objeto de deseo, la culpable del dolor. Doris Dorada, una mujer -dice Gabriela- orgullosa, soberbia y racista, pero -digo yo- lo suficientemente inquietante y guapa como para tener el nervio tomado a causa de ella.
Apenas he empezado a leer la recopilación de Pedro Pablo Zegers, quien no se atreve a decir lo evidente: que nuestra Gabriela era lesbiana. Tan ultra tortillera como para referirse a sí misma de mismo. Tanto como la andrógina y británica Vita: loquita de amor por alguna de sus tantas chicas, partía a París vestida de hombre a comienzos del siglo XX. La diferencia entre una y otra es que Vita era parte de la elite y Gabriela, no. A cambio, Gabriela era talento puro y Vita, no.
La señora Mistral es lesbiana, ¿y qué? No por eso sus cartas son más escandalosas o más malas; al contrario, puedo pensar que si fuesen dirigidas a un hombre tal vez serían peores, porque perderían la comunión, esa cercanía tan enmarañada pero también tan entrañable que sólo se da entre mujeres. Sus cartas (bueno las que he leído hasta ahora) son honestas y vibrantes, están llenas de vida, merecen ser vistas y disfrutadas, abren miles de matices en torno a nuestra hermética premio Nobel.
Leo en El Mercurio que en su momento todo el mundo sucumbió a los encantos del guapo Augusto d'Halmar, que era homosexual y escribió -cito a Óscar Contardo- " 'Pasión y muerte del cura Deusto', considerada la primera novela hispanoamericana en tratar el tema del sujeto homosexual". Por qué entonces escandalizarse de que haya escritos homoeróticos de Mistral publicados, independientemente de que se trate de cartas. Perdón por el simplismo, pero tiendo a pensar que otro gallo cantaría si Gabriela hubiera sido guapa (y, vale, sí, también, simpática), como fue Augusto. Por ahora, dejo un pequeño extracto de lo que escribió la señora:
"Mi vida:
Tú eres de una raza que se controla; yo no. Tú estás segura de mí; yo no tengo seguridad alguna de ti.
Pero hay más: yo necesito de tu presencia de una manera violenta, como del aire. Parece que estuviese viviendo una asfixia. Es eso exactamente.
Tal vez fue una locura muy grande entrar en esta pasión. Cuando examino los primeros hechos, yo sé que la culpa fue enteramente mía. Yo creí que lo que saltaba de tu mirada era amor y yo he visto después que tú miras así a mucha gente. Loco fui, insensato: como un niño, Doris, como un niño".
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